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La Casa De Balta
Llegar a San Luis del Río, Oaxaca, siempre tiene algo de ritual, pero esta vez fue distinto. Nos quedamos dos noches con Don Balta y su familia, y desde el primer momento supimos que no sería una visita cualquiera. No solo por el mezcal, sino por la forma en la que ellos viven: más lenta, más conectada, más real.
Nuestra primera parada fue su palenque. Está ubicado en una de las primeras bajadas hacia el río; apenas desciendes la loma, el paisaje se abre. La tierra se aplana y aparece la palapa, protegiendo los alambiques y las tinas. Frente a ella, una vista amplia hacia el monte, de esas que pocos pueden ver todos los días y que, sin exagerar, te obligan a guardar silencio por un momento.
Don Balta siempre nos espera ahí. Esta vez no fue la excepción. Estaba acostado en su hamaca, como si el tiempo no tuviera prisa. Llegamos y nos recibió a su manera —muy “Balta”— sin levantarse de inmediato:
—Ey, ¿quiúbole?
Después se incorporó, se puso de pie y comenzó a contarnos cómo iba todo: los magueyes, el palenque, la familia. Todo con calma, como si cada tema tuviera su propio espacio.
Yo, casi sin pensarlo, le pregunté por el Rorro. Rodrigo, uno de sus hijos, a quien ya habíamos conocido en la visita anterior.
—Ahí anda… ve, en la excavadora —me dijo.
Al fondo, del otro lado de la montaña, algo se movía. Haciendo zoom con el teléfono, se alcanzaba a ver la excavadora trabajando a lo lejos. Una escena sencilla, pero poderosa: familia, tierra y trabajo conviviendo en el mismo plano.
Ahí entendí que el palenque no es solo un lugar de producción. Es una extensión de su casa. Y su casa no se limita a cuatro paredes: es el monte, el río, el silencio y la manera en la que cada día se construye sin prisa.
DON BALTAZAR CRUZ GOMEZ.
Al rato de estar platicando con Balta y de ponernos al corriente de cómo iba todo, empezaron a verse los “mijes”. Así les dice él a sus trabajadores. Son vecinos del mismo pueblo, gente del campo que conoce la tierra y el mezcal como pocos. Vienen de un pueblo aún más chico que San Luis del Río —que ya de por sí es pequeño: una sola calle principal, la escuela, la iglesia y la presidencia municipal; un lugar donde todos se conocen y donde, cuando llegamos, parecía que todo el pueblo ya sabía que alguien de fuera estaba ahí.
Mientras seguíamos con historias de la vida, anécdotas de viajes, risas y, por supuesto, probando sus variedades de mezcales junto a los mijes, la tarde se fue transformando en noche. El día terminó de la manera más natural: sin prisa, con risas y nuevos recuerdos.
Entonces Balta nos dijo:
—¡Vámonos! Síganme, ya es hora de ir a la casa.


DAVID, CESAR Y DON BALTA RECORRIENDO UNO DE LOS SEMBRADÍOS.
No hacía falta pensarlo dos veces. Caminamos con él rumbo a su casa, ya con la noche encima. Para ese momento ya había llegado el Rorro —Rodrigo— y también otro de sus hijos que no conocíamos: David.
El Rorro tiene esa manera tosca de ser, de esas personas que no necesitan decir mucho para mostrar quiénes son: fuertes, trabajadores y orgullosos. Se nota que está orgulloso de su papá, de su trabajo y del legado que él ha construido.
En cambio, David se mostró diferente: más calmado, con una presencia serena, y se veía que su postura venía de algo más que solo estar en casa. Da la sensación de alguien que ha estudiado afuera, que ha visto otras realidades, pero que ha regresado con una idea clara: quiere continuar el legado de su padre, con la intención de explicar y conectar con la gente sobre lo que este mezcal significa para ellos. No como producto… sino como identidad.
RODRIGO CRUZ.

